Algo diferente. Sin pensarlo. Sin quererlo. A veces pasa. Un prototipo. Algo clásico. No obstante, soy de las que piensan que la esencia está en la diferencia.

No sé si os habrá pasado alguna vez pero, si nos fijamos, hay un determinado tipo de chico. El determinado “concepto” de cualidades o rasgos que debe tener un hombre. Hoy en día se lleva el alto, el que se cuida, el que parece que piensa más en el gimnasio que en lo que le rodea, al que le da igual que pasará el día de mañana, el conformista, el que todo le parece bien, el que tiene una gran habilidad con el cepillo y el secador para hacerse a la perfección el peculiar “tupé” que se lleva ahora y lo tiene perfecto todo el día.

Pero digo yo. ¿Que hay de lo diferente? ¿Qué hay del que arriesga? ¿De aquel que tiene sus días de chandal y sus días de traje? Esos, queridos míos, son los buenos. Buscan la felicidad, tienen inquietudes, no se rinden al formalismo, sueñan ser alguien mañana, hacer sonreír a quien tengan al lado aunque tengan poco. Saben que es lo que ocurre a su alrededor y se tirarían (si pudiesen) a arreglarlo como fuese. Se indignan, se enfadan, se frustran si algo les sale mal hasta que logran enderezarlo. Se dejan llevar. Te cuidan. Sienten que tu eres un equilibrio para ellos y, por esa razón, lo diferente tendría que ser nuestro prototipo.

Así que, queridas amigas, no nos centremos en lo tradicional, en lo que se lleva hoy en día, en lo amoldable. Fijemos en lo distinto, lo fuera de lugar, lo atípico, lo indoblegable porque eso, es lo que realmente nos hará felices.

Besos.

L.

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