He de confesaros uno de mis mayores hobbies. Sí, quizá penséis que es un poco típico pero también he de deciros que tengo mis razones. Os cuento.

La fotografía siempre me ha llamado la atención, los objetivos me llamaban de pequeña, me gustaba mirar el mundo a través de un diminuto cristal por el que se podía ver el mundo de forma diferente.

Una cámara puede ser un arma imparable para capturar los mejores momentos. Recuerdos que permanecen en el tiempo. Recuerdos que ya no se borran y que perduran por si acaso, algún día, la mente los olvida. Una cámara permite ir más allá, conocer el alma de cada paisaje, de cada rostro, de cada objeto y de cada alma.

A través de una simple fotografía se pueden percibir todos los matices, todos los sentimientos. La sonrisa detrás de una lágrima. Una lágrima detrás de una sonrisa. Se puede obtener la mejor faceta de alguien o, simplemente, la mayor melancolía escondida en lo más recóndito del alma.

Y es que la fotografía captura, regala y deja entrever la más hermosa y perfecta de las tonalidades, hace ver el mundo de una forma diferente, apreciar la imagen que se interpone entre el objetivo y tu persona y entonces disparar. Disparar para captar aquello que tienes delante, la belleza en su máximo esplendor.

Además, como bien dice Sally Man:

 “Las fotografías abren puertas al pasado, pero también permiten echar un vistazo al futuro”.

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