Presión, según la RAE dicha palabra tiene muchísimas y variadas acepciones pero quizá, la que más llama la atención es la siguiente: “Fuerza moral o influencia ejercida sobre una persona para condicionar su comportamiento” y es que en esta sociedad en la que vivimos hoy en día se puede palpar esa presión. Una presión constante que día a día nos ahoga y que al fin y al cabo hace que nos movamos por ella.

Si analizamos a sabiendas el comportamiento de algunas personas que nos rodean o, sin ir más lejos, nuestro comportamiento podremos observar que en la mayoría de las ocasiones nuestro motor es eso, presión. Pongamos un caso; ¿Quién dice aquello que piensa al 100%? Lamentablemente, nadie. Nadie se atreve a expresar al 100% aquello que quiere decir, siempre se busca la forma perfecta e idónea para no tener que pasar por ahí, quizá sea por miedo, quizá porque no nos guste el famoso y típico “qué dirán” pero señores y señoras, hay que dejar de ser ovejas que siguen a un mismo rebaño.

La presión a fin de cuentas nos la infunden desde pequeños. La arrastramos desde la adolescencia y acaba consumiéndonos en la vejez. Pero claro, al crecer con ella no nos damos cuenta. Cuenta de que está ahí, de que nos sigue, nos acompaña, nos ahogamos pero a su vez nos deja respirar para que no nos percatemos de su presencia, no sepamos que está ahí. No obstante, aquí viene la pregunta del millón ¿podemos deshacernos de ella? ¿podemos destapar la olla sin salir malheridos? Yo, personalmente, opto por el sí, pero bueno, prefiero dejarlo para otra historia.

                        L.

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